miércoles, 25 de junio de 2014

DE LA DEMOCRACIA MECANICISTA A LA DEMOCRACIA CUANTICA

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De la Democracia Mecanicista a la Democracia Cuántica



Cuando los revolucionarios de la era industrial lograron ocupar el poder que antes ostentaban los señores feudales en Francia, Estados Unidos, Rusia, Japón y otras naciones, se vieron en la necesidad de redactar constituciones, instaurar nuevos Gobiernos y diseñar instituciones políticas nuevas. En la excitación de la creación, debatieron nuevas ideas, nuevas estructuras. En todas partes disputaban en torno a la naturaleza de la representación. ¿Quién debía representar a quién? ¿Debía el pueblo instruir a los representantes acerca de cómo votar, o debían éstos seguir su propio criterio? ¿Debían los períodos de mandato ser largos o cortos? ¿Qué papel debían desempeñar los partidos?.

Una nueva arquitectura política emergió de estos conflictos y debates en cada país. Y si realizamos un atento examen de esas estructuras, podremos ver que se hallan edificadas sobre una combinación de suposiciones territoriales de la era feudal, junto a la noción de engranajes sociales propio de la era industrial.

Después de milenios de agricultura, les resultaba difícil a los fundadores de estos sistemas políticos imaginar una economía basada en el trabajo, el capital, la energía y las materias primas, más que en la tierra. La tierra había estado siempre en el centro de la vida misma. Por tanto, no es de extrañar que la geografía quedase profundamente incrustada en nuestros diversos sistemas de votación.

Diputados y Senadores son todavía elegidos, no como representantes de alguna clase social o agrupación ocupacional, étnica, sexual o de estilo de vida, sino como representantes de los habitantes de un determinado trozo de tierra: un distrito geográfico.

Las personas de la era agrario-feudal eran casi inmóviles, y, por tanto, era natural que los arquitectos de los sistemas políticos de la era industrial dieran por supuesto que las personas podrían permanecer casi toda su vida en una misma localidad. De ahí el predominio, aún hoy, de los requisitos de residencia en las normas reguladoras de las votaciones.

El ritmo de la vida de la época agraria era lento y sobre la tácita presunción de que las cosas se movían despacio, los organismos representativos, como el Congreso eran considerados “deliberantes”, ya que tenían y se tomaban el tiempo necesario para reflexionar en sus problemas.

La mayoría de las personas de ese momento histórico eran analfabetas. Por eso se daba generalmente por supuesto que los representantes, en especial si procedían de las clases instruidas, tomarían, “en teoría”, decisiones más inteligentes que la masa de votantes.

Los hombres de negocios, intelectuales y revolucionarios del primer período industrial, estaban virtualmente hipnotizados por la maquinaria. Se sentían fascinados por las máquinas de vapor, relojes, telares, bombas y pistones, y construyeron innumerables analogías basadas en las sencillas tecnologías mecanicistas de su tiempo. No fue casualidad que hombres de ciencia como Benjamín Franklin y Thomas Jefferson fueran inventores, además de activistas políticos.

Surgieron en la agitada estela cultural abierta por los grandes descubrimientos de Newton. Este había llegado a la conclusión de que el Universo entero era un gigantesco aparato de relojería, que funcionaba con exacta regularidad mecánica. La Mettrie, físico y filósofo francés, declaró en 1748 que el hombre mismo era una máquina. Adam Smith amplió más tarde la analogía de la máquina a la economía, argumentando que la economía es un sistema, y que los sistemas “semejan máquinas en muchos aspectos”.

Pero esta mentalidad mecanicista no fue producto del capitalismo. Por ejemplo, Lenin describía el Estado como “nada más que una máquina utilizada por los capitalistas para reprimir a los obreros”. Trotski hablaba de “todas las ruedas y tuercas del mecanismo social burgués” y continuaba describiendo con expresiones similarmente mecánicas el funcionamiento de un partido revolucionario. Denominándolo poderoso “aparato”, señalaba que, “como cualquier mecanismo es en sí mismo estático... el movimiento de las masas tiene que... vencer la yerta inercia... Así, la fuerza vivificante del vapor tiene que vencer la inercia de la máquina antes de poder poner el volante en movimiento”.

Empapados de este pensamiento mecanicista, imbuidos de una fe casi ciega en el poder y la eficiencia de las máquinas, los revolucionarios fundadores de las Sociedades de la era industrial, tanto capitalistas como socialistas, inventaron instituciones políticas que participaban de muchas de las características de las primeras máquinas industriales.

 Las estructuras que forjaron y soldaron se basaban en la noción elemental de la representación. Y en todos los países hicieron uso de ciertas piezas de factura idéntica. Estos componentes salieron de lo que podría denominarse, un sistema representativo.

Los componentes eran:

1. Individuos armados con el voto.
2. Partidos para reunir votos.
3.Candidatos que, al ganar votos, quedaban instantáneamente transformados en “representantes” de los votantes.
4. Legislaturas (Parlamentos, congresos o asambleas) en las que, al votar, los representantes fabricaban leyes.
5. Ejecutivos (presidentes, ministros, secretarios de partido) que introducían en la máquina fabricante de leyes materias primas en forma de programas políticos, y luego imponían el cumplimiento de las leyes resultantes.

Los votos eran el “átomo” de este mecanismo newtoniano. Los votos eran agregados por los partidos, que funcionaban como “alimentadores” del sistema. Recogían votos de numerosas fuentes y los introducían en la máquina sumadora electoral, la cual los combinaba en proporción a la fuerza o mezcla del partido, produciendo como resultado la “voluntad del pueblo”, el combustible básico que supuestamente accionaba la maquinaria del Gobierno.

Así como la fábrica vino a simbolizar toda la tecnosfera industrial, el Gobierno representativo, se convirtió en el símbolo de status de toda nación “avanzada”. De hecho, incluso muchas naciones no industriales se apresuraron a instalar los mismos mecanismos formales y a utilizar el mismo universal equipaje representativo.

No obstante lo enunciado precedentemente, podemos sostener sin miedo a equivocarnos que el Gobierno representativo constituyó un extraordinario avance con respecto a anteriores sistemas de poder, un triunfo tecnológico más sorprendente aún, a su manera, que la máquina de vapor o el aeroplano.  El Gobierno representativo hizo posible una ordenada sucesión sin la existencia de dinastía hereditaria. Abrió canales de comunicación entre las capas superiores y las inferiores de la sociedad.  Proporcionó el terreno en que podrían reconciliarse pacíficamente las diferencias entre los distintos grupos.

Ligado al predominio de la mayoría y a la idea de “un hombre, un voto” ayudó a los pobres a obtener beneficios de los técnicos del poder que dirigían los motores integracionales de la sociedad. Por estas razones, la expansión del Gobierno representativo constituyó, en conjunto, un humanizador paso adelante en la Historia.  Pero desde el principio mismo defraudó sus promesas. No obstante su definición, jamás llegó a ser controlado por el pueblo. En ninguna parte modificó realmente la estructura de poder subyacente en las naciones industriales, la estructura de élites. De hecho, lejos de debilitar el control ejercido por las élites directivas, la maquinaria formal de representación se convirtió en uno de los medios clave de integración por los que se mantenían a sí mismas en el poder.  De este modo, las elecciones, con independencia de quién las ganase, desarrollaban una poderosa función cultural en beneficio de las élites. En la medida en que todo el mundo tenía derecho a votar, las elecciones fomentaban la ilusión de igualdad.

Podemos arribar a una primera conclusión global, sosteniendo que vivimos en el marco de una civilización que depende en gran medida de los combustibles fósiles, la producción fabril, la familia nuclear, la corporación, la educación general y los medios de comunicación, basado todo ello en la creciente separación abierta entre producción y consumo y todo ello dirigido por un grupo de élites cuya tarea es integrar al conjunto.
En este sistema, el Gobierno representativo es el equivalente político de la fábrica. De hecho, era una fábrica destinada a la confección de decisiones integracionales colectivas. Como la mayor parte de las fábricas, estaba dirigida desde arriba. Y, como la mayor parte de las fábricas, se va quedando ahora progresivamente anticuada, víctima de la sociedad de la información y el conocimiento.

Todos los partidos políticos del mundo industrial, todos nuestros congresos, parlamentos, nuestras presidencias y jefaturas de Gobierno, nuestros tribunales y agencias reguladoras y capa tras capa geológica de burocracia gubernamental han perdido vigencia y están en trance de transformación.  Nos enfrentamos hoy una vez más a la necesidad de inventar nuevas herramientas políticas.

El surgimiento de la conectividad tecnológica, sumada a la apertura que se produjo en cuanto a posibilidades de estudios terciarios y superiores, otorgaron a un gran número de ciudadanos, la posibilidad de tener herramientas de comprensión o análisis de la realidad y niveles de información, que dieron mayor velocidad a la toma de decisiones y generaron mayores niveles de independencia ideológico-políticas a las que poseían las generaciones precedentes.

Esto fue generando la “sensación” de lentitud institucional, y poco a poco la idea de que los representados eran rehenes que cada 4 años podían tener 1 solo día de libertad para elegir dentro de un abanico limitado y dominado por los intereses de las élites a candidatos que habían dejado de representarlos.

El voto entonces, empezó a ser visto como una obligación pesada en lugar de apreciarse como un derecho.  Esta sensación, unida a la capacidad de los candidatos para generar promesas muy difíciles de cumplir en las campañas, que automáticamente repercuten en la baja consideración hacia las instituciones políticas y a la democracia como sistema.

Sin embargo, sería posible, a través de la correcta utilización de las herramientas tecnológicas, empezar a transitar un camino hacia una democracia en la cual la representación no sea vista desde la óptica de un rehén, sino desde la motorización activa de proyectos, en los cuales la población pueda participar de manera directa legitimándolos como paso previo a su legalización.

Será necesario prepararnos para un mundo político en el cual, la tecnología nos permita tener de manera online los movimientos de ejecución presupuestaria en tiempo real, plebiscitos diarios según segmentos de interés, gobierno participativo electrónico local, donde se vote sobre la presupuestación de mejoras puntuales por barrio, intercambio permanente de ideas a través de las redes, simulacros virtuales de políticas, etc.

La política mecanicista, dá mayor prioridad a lo cuantitativo y eso produce efectos respecto de la corrupción, las “generalizaciones” comienzan a partir de la “cosificación del hombre”, y de la sobrevaloración de lo estadístico – electoral, por sobre lo cualitativo – consensual.  Esto es la intensificación del marketing, que en materia de propuestas, requiere que los candidatos le hablen a determinados segmentos intentando no perjudicar los intereses de los otros segmentos, lo cual produce propuestas cada vez más carentes de contenido.  Ese es el nicho donde se enquista el populismo.

Los populismos atentan directamente contra la constitución de ciudadanía y la consolidación de la democracia real.  En el sentido de que a partir de la demagogia y el clientelismo, surge un círculo vicioso que se contagia hacia cualquier oposición que se plantee ser alternativa de gobierno, en el marco y las reglas de juego imperantes (financiamiento de campañas, lobbys, etc).  El populismo surge y resurge, como un antídoto a cualquier atisbo de democracia no mecanicista.

El virus de la corrupción no puede ser combatido por el mismo sistema que la engendra, sino que deberá ser destruida por una nueva “cultura política”, que pueda mostrar todos sus actos, decisiones y posicionamientos de manera transparente.  Esto será posible, a través de una profunda reforma educativa y una verdadera revolución cultural, donde se comprenda que el corrupto, atenta directamente contra todos los ciudadanos con cada decisión que toma, no solo del presente, sino también del futuro.
Si lo único por lo que tuviéramos que preocuparnos fuese por elegir al “mejor” dirigente, nuestro problema podría resolverse dentro del entramado del actual sistema político. Pero, en realidad, el problema es mucho más profundo. En esencia, los dirigentes —incluso “los mejores”— resultan inválidos porque se han quedado anticuadas las instituciones a través de las cuales deben actuar.

Nuestras instituciones políticas reflejan también una anticuada organización del conocimiento. Todo Gobierno tiene Ministerios o Departamentos consagrados a campos concretos tales como la economía, los asuntos exteriores, la defensa, la agricultura, el comercio, el correo o el transporte.  El desafío será integrar las actividades de todas estas unidades para que puedan producir programas metódicos y totalistas, en lugar de una confusa mescolanza de efectos contradictorios y mutuamente anuladores.

Si hay una cosa que hubiéramos debido aprender en las últimas décadas, es que todos los problemas sociales y políticos están entretejidos, que la energía, por ejemplo, afecta a la economía, la cual, a su vez, afecta a la salud, la que, a su vez, afecta a la educación, el trabajo, la vida familiar y mil otras cosas. El intento de tratar por separado problemas nítidamente definidos, aisladamente unos de otros—fruto de la mentalidad industrial—, no hace sino crear confusión y anacronismo.

Quizás la división política a partir de conceptos ideológicos cerrados y poco flexibles, caratuladores de una realidad que solo es imaginaria, nos termine de llevar al anacronismo político.  

A veces lo establecido se acepta como tal y se le asigna el carácter de “inmodificable”.  Porque el ser humano es un animal de costumbre, y a veces se olvida que todo lo que hoy es “normal”, en algún momento fue “innovador” y “anormal”.

Julio Verne, sostenía en la segunda mitad del siglo XIX, que el hombre podía llegar a la luna, orbitarla y regresar a la tierra.  Esto hacía que lo vean casi como a un “demente”. Pero 80 años después, se demostró que su imaginación, su pensamiento de avanzada, podían ser reales.

Puede que algún día los futuros historiadores consideren la votación y la búsqueda de una mayoría cuantitativa como un arcaico ritual practicado por primitivos en el terreno de las comunicaciones. Puede que en un futuro, la democracia cuantitativa mecanicista haga lugar para la democracia cualitativa y consensual, quizás sea ese momento, el tiempo y espacio para que las sociedades avancen un paso tan importante en la evolución como lo fue para su época la Revolución agraria o la Revolución industrial y sus respectivas instituciones.






Lic. Damián González Farah
Es Lic. en Administración, cursó la Maestría en Agronegocios. Actualmente se encuentra cursando la Maestría en Defensa.
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